domingo, 5 de agosto de 2018

EL DORADO ATRACTIVO DE LA CONQUISTA


Las expediciones por estas tierras desconoci­das para el Viejo Mundo tenían como atractivo inmediato no sólo adquirir posesiones para en­sanchar los dominios de la Corona imperial, sino extraer las riquezas de fácil explotación que pu­dieran encontrarse en ellas, como era el caso de los placeres perlíferos de Cubagua o el oro que los alquimistas de la época ansiaban lograry que parecían prometer nuestras tierras de cultura pri­mitiva. El reino español, agotado a la sazón por su larga guerra contra los moros, estaba urgido de riquezas , y riquezas doradas había de veras por donde cruzan tantos ríos y se levanta un mar de selva. La vieron los hispanos de muestra y re­galo colgando en los collares de los aborígenes o de alguna otra manera en sus anchos, redon­dos y copudos bohíos.
Pero aquellos castellanos, que desconocían la lengua de estos pueblos extraños, desespera­ban. Picados por la ambición, querían saber el origen de las pepitas doradas, de los cochanos que, en su fantasía, debía haber en abundancia en estas tierras. Los indígenas así lo daban a en­tender. Y no engañaban. De cierto que oro ha­bía y ha existido siempre en Guayana. Los natu­rales no sabían explotarlo y trabajarlo; simple­mente lo hallaban al azar en sus correrías de caza o cuando salían a recolectar cosas y frutos para el hogar. Lo hallaban destellando a la luz del sol cuando los ríos descendían de sus periódicas crecidas.
Si los hispanos hubieran sabido de los place­res eluviales y aluvionales y de los métodos de nuestros mineros actuales para extraerlos, les habría sido fácil encontrar su sueño de El Dora­do, pero fantasearon demasiado y cada vez se les hizo más imposible el Lago de Guatavita o el de la Parima. Manoa fue cada vez más ignota y remota, como el maravilloso país de los Omegas que rutilaba con luces amarillas a la distancia porque el oro cubría el lecho de sus ríos y lagos como arena.

Tras el espejismo de las riquezas arcanas que costó sangre, vidas y ruina tanto de los indígenas como de los mismos conquistadores, salieron hasta consumirse en el fracaso expediciones co­mo la de Diego de Ordaz y Alonso de Herrera-Or‑

tal; como la de Alfinger, Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián Banalcázar, Federmann Hutter, Walter Raleigh y Antonio de Berrío.

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