jueves, 20 de septiembre de 2018

CLIMA

La Región presenta una abundante pluviosi­dad durante todo el año, por tratarse de un espa­cio muy próximo a la zona del frente intertropi­cal, donde se produce la convergencia de los vientos alisios del Noreste con los del Sureste: estas corrientes ascienden al chocar, conden­sándose su gran contenido de vapor de agua y precipitándose en forma de lluvia. En algunos si­tios se registran descargas medias anuales supe­riores a los 4.000 mm, como en el caso de la pe­nillanura del Casiquiare, al suroeste del Territo­rio Federal Amazonas; cifra muy elevada, si se la compara con los 1.200 mm anuales que recibe la ciudad de Caracas. En Puerto Ayacucho el ín­dice de pluviosidad es de 2.195 mm al año, mientras Ciudad Bolívar, al noreste, muestra medias anuales inferiores a los 1.000 mm.
La proximidad al ecuador determina en la Re­gión elevadas temperaturas, generalmente con promedios superiores a los 24 °C, observándose en los puntos más altos diferencias muy acusa­das entre las temperaturas diurnas y nocturnas, lo que contribuye a la degradación del material rocoso, facilitando la erosión. No obstante, los valores medios mensuales dan una oscilación térmica anual (definida como la diférencia entre las temperaturas medias de los meses más ca­lientes y de los más fríos) de un rango inferior a los 5 °C, aunque la oscilación térmica diaria es muy grande, anotándose en algunos sectores La altitud es un factor importante en la tem­peratura de la Región. A manera de ejemplo, puede señalarse que en Parima, a 810 metros sobre el nivel del mar, la temperatura media anual es de 22,3 °C, en tanto que en Tamatama, a la misma latitud pero a 112 metros de altura, el valor medio de la temperatura es de 27 °C. Asi­mismo, Kavanayén, que se encuentra en la cota de los 1.200 metros, tienes una temperatura media anual de 20,9 °C, mientras Kamarata, a una latitud muy próxima pero a 460 metros de altura, muestra una media de 25,8 °C. En las áreas de mayor pluviosidad puede es­ablecerse una relación entre las precipitaciones Y la temperatura: los períodos de más baja tem­peratura coinciden con los de mayor precipita­ción, y viceversa.  La humedad relativa, considerada en valores medios mensuales, varía entre 9O% y 53% advir­tiéndose un rango muy amplio entre los espa­cios del suroeste amázonico, muy húmedos, y los de las sabanas abiertas, moderadamente se­cas. La velocidad media mensual del viento, eva­luada a 10 metros del suelo, varía entre 2 y 18 kilómetros por hora; la primera, medida en Ma­cagua, en las proximidades de Ciudad Guayana, y la segunda en Canaima. La nubosidad media mensual se sitúa entre 3 y 8 octavos. En función de estas características climáticas, pueden definirse tres grandes tipos de clima en la Región según la clasificación de W. Koeppen: áreas de clima tropical lluvioso, las de mayor precipitación; de clima monzónico, observado hacia el delta del Orinoco; y de clima tropical de sabanas, al norte.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

SUELOS


Las estratificaciones edáficas de la Región se hallan diferenciadas en razón de las distintas condiciones climáticas e hidrográficas, y de los factores geológicos y geomorfológicos de cada zona. En términos generales, los suelos se carac­terizan como "muy ácidos" (con un pH que varía entre 4y 6), con altos requerimientos de nitróge­no para el desarrollo de cultivos; por lo común se trata de arenas, con granos de volumen grue­so a muy grueso, permeables y con baja capaci­dad de retención de materia orgánica, en las que ocurren procesos biológicos y bioquímicos muy complejos que afectan a los residuos vege­tales.
Los procesos pedogenéticos más comunes en la Región son la ferralitización y la podzoliza­ción. El primero, que resulta en la acumulación de diversos compuestos férricos y ferrosos por la acción combinada de los agentes bióticos y me­teorológicos sobre el terreno, en la que destaca el lavado por las aguas de lluvia, es propio de las áreas montañosas, en tanto que el segundo se localiza en los espacios más bajos y habitual­mente planos. Los elementos fundamentales que intervienen en este último proceso, que produce suelos blancuzcos o grisáceos confor­mados por una capa de materia orgánica sobre estratos de minerales orgánicos superpuestos a terrenos eluviales, son la temperatura, la lluvia y la vegetación, requiriendo para ello de una a­bundante acumulación de materia orgánica (lla­mada comúnmente "mantillo"). Los bosques producen el tipo de vegetación idónea para la podzolización, aunque ésta también puede ocurrir con menos intensidad en áreas de vege­tación baja.
Los sectores más elevados de la topografía guayanesa muestran suelos de altiplanicies y montañas, siempre asociados a terrenos rocosos y de laderas empinadas. En general, ocupan la mayor superficie de la Región, donde la ferraliti­zación es el fenómeno característico de forma­ción de suelos. Las elevadas precipitaciones de estas zonas contribuyen a la disolución del hie­rro y del manganeso presentes en los materiales que conforman el terreno, observándose colo­res como el rojo, amarillo, pardo-rojizo y gris. Las intrusiones graníticas tan abundantes en estas zonas de montañas constituyen otro aporte sig­nificativo a la formación de los suelos locales. Las rocas se desintegran por las marcadas dife­rencias entre las temperaturas diurnas y noctur­
nas que se registran en algunos lugares. El calen­tamiento y enfriamiento consecutivos son muy eficaces como agentes desintegradores, al ge­nerar rupturas y grietas en la superficie de las ro­cas, que aceleran su disgregación mecánica. Asi­mismo, debido a la lenta conductibilidad del calor en las rocas, el gradiente de temperatura del exterior al interior origina tensiones que pueden ocasionar procesos de descortezación (o de "exfoliación" como se los denomina). Las intensas lluvias, por otra parte, contribuyen a erosionar los componentes más frágiles de las rocas, cuya desintegración puede ser acelerada también por la penetración, en las grietas, de las raíces de las plantas que, al crecer, presionan, pudiendo causar su ruptura. Estos procesos con­tribuyen, de paso, a la formación de la bauxita y a la caracterización física y química de los suelos guayaneses.
En las zonas más bajas de la Región, la des­composición de la materia orgánica a nivel del suelo forma ácidos y otras sustancias con gran capacidad de disolución. Aquí los hongos de­sempeñan un papel muy importante, restrin­giendo a niveles mínimos la actividad bacte­riana, mientras el contenido orgánico resulta muy bajo en calcio, lavado por los altos volúme­nes de agua. Entre los podzoles se distinguen los de planicies temporales y perennemente hú­medas, que comprenden extensiones aluviales formadas a lo largo de los ríos más importantes, y los de suelos amarillos y grises, desarrollados en las divisorias bajas de los ríos que presentan breves inundaciones temporales. Deben men­cionarse además los de suelos arenosos y mal drenados de terrenos bajos y pantanos, y los suelos orgánicos; estos últimos sé observan en las cuencas alta y media del Orinoco y, sobre to­do, en la cuenca del Casiquiare-río Negro.
Los suelos de planicies erosionadas o are­nosas se relacionan, de igual modo, con hechos de podzolización, y comprenden la mayor parte de las sabanas -erosionadas o no-, así como las tierras del norte de la Región.
Las áreas planas no inundables, que presen­tan suelos de planicie sin erosionar, se encuen­tran conformadas por rocas graníticas del Escudo Guayanés, rocas intrusivas y sedimentos aluviales muy antiguos; sus suelos se pueden considerar de transición entre los suelos de tepuyes y montañas y los de sabana, y son propios de los piedemontes estabilizados del norte y centro de la Región.



martes, 18 de septiembre de 2018

HIDROGRAFÍA


Las características de la geomorfología de la Región y de sus condiciones climáticas han con­dicionado una red hidrográfica tipificada por un complejo patrón dendrítico y elevados cauda­les, constituyendo la base de un gran potencial de recursos hidráulicos.
La gran banda fluvial y cuenca principal es la del Orinoco que, a poco de un breve recorrido, se convierte en el río principal, a los efectos del drenaje superficial de la Región. Su nacimiento se descubre en el cerro Carlos Delgado Chal­baud, a 1.047 metros de altura, en las forma­ciones que anudan las sierras de Parima y Tapi­rapecó. En su itinerario, de más de 2.000 Km, presenta una gran diversidad de fenómenos naturales, entre los que destaca la bifurcación del caño Casiquiare, en el sitio denominado Ta­matama, donde pierde un tercio de su caudal.
Desde sus cabeceras hasta Puerto Ayacucho, a lo largo de su viaje por el Territorio Federal Amazonas, en sus cuencas alta y media, el Ori­noco atraviesa ocho grandes obstáculos, con­formados por moles graníticas dispuestas en medio de su cauce, teniendo el efecto de pro­ducir rápidas caídas de nivel. Estos fenómenos, denominados raudales, son: Salas, Guaica, Gua­jaribos, Daya, Santa Bárbara, Muerto, Maipures y Atures, de los cuales los dos últimos son los de mayor y permanente dificultad para la navega­ción. El desnivel en las cotas del río, antes y des­pués de los raudales, se ha estimado en 29,4 metros. En Atures la caída se ha calculado en 17,5 metros en una distancia de 9,3 Km, en tanto que en Maipures el descenso es de 11,9 metros en 7,4 Km de trayecto. A manera de referencia, puede hacerse notar que desde las inmediacio­nes de sus cabeceras hasta San Fernando de Atabapo, en un recorrido de 780 Km, el Orinoco desciende 800 metros.
En este tramo el Orinoco recibe importantes afluentes que lo definen como la vía fluvial más importante del país. Entre los de su margen de­recha merecen mencionarse los ríos Ocamo, Padamo, Cunucunuma, Yagua, Ventuari, Sipapo y Cataniapo, mientras por la orilla izquierda reci­be al Mavaca, Atabapo, Guaviare, Vichada y To­mo, estos tres últimos provenientes del territo­rio colombiano.
Usualmente, la Región se divide en 15 cuen­cas secundarias, gran parte de las cuales contie­
nen afluentes del Orinoco o de otras corrientes importantes. En el Territorio Federal Amazonas se encuentran las cuencas Alta y Media del Ori­noco, Casiquiare-río Negro, Ventuari y Ataba­po; en el Estado Bolívar las del Parguaza-Cata­niapo, Suapure-Chiviripa, Cuchivero, Caura, Aro y Caroní; y en el Estado Delta Amacuro se locali­za un conjunto de pequeñas corrientes afluen­tes del río Grande, el caño mayor de toda la red deltaica.
La superficie de la cuenca del Ventuari, principal afluente del Orinoco en el Territorio Federal Amazonas, puede estimarse en 40.000 Km2 ytiene un cauce principal de 450 kilómetros de largo. El curso principal del río presenta dos pequeños saltos que interrumpen la navegación: Tencua y El Oso. La divisoria de aguas entre esta cuenca y la del Caura, también afluente del Orinoco, traza el límite político-administrativo entre el Territorio Federal Amazonas y el Estado Bolívar.
El Atabapo desemboca en el Orinoco, sir­viendo de frontera entre Venezuela y Colombia, en las proximidades de San Fernando de Atabapo, otra capital del Territorio Federal Amazonas. .a cuenca de este río tiene una extensión proximada de 9.500 Km2 en territorio venezola­io. Su corriente se forma a partir de la confluencia le tres ríos menores: Guasacavi -que proviene le Colombia-, Temi, o caño Temi, y Atacavi. )ebido a lo plano del terreno de la penillanura lel Casiquiare, a través del Atacavi y del caño .emi se puede llegar (sorteando dificultades nenores) a la cuenca del río Negro, en período le lluvias altas.
El Atabapo presenta una coloración negruz­:a relacionada con la presencia en sus aguas de icido húmico disuelto y mezclado con el arras-re de material procedente de áreas de vegeta­ión del tipo catinga, que es un bosque amazó­iico permanentemente inundado. En el sitio de :onfluencia de los ríos Orinoco, Atabapo y Gua-liare, se observa claramente la unión de aguas Je colores distintos. El Atabapo, con aguas ne­Iruzcas; el Orinoco, de aguas muy claras; y el Guaviare con aguas castaño-amarillentas, mos­trando uno de los espectáculos naturales más :uriosos de la Región.
La cuenca del Casiquiare-Negro abarca una extensión superior a los 50.000 Km2 y drena una extensa superficie al sur del Territorio Federal Amazonas. La vertiente izquierda del Casiquiare recibe como afluentes al Siapa y al Pasimoni,cuya divisoria de aguas con los afluentes del río Negro, en territorio brasileño, sirve de límite a Venezuela con ese gran país del sur. El río Negro ;e denomina así después de recibir las aguas del ;año Casiquiare, porque más arriba de esa desembocadura tiene por nombre Guainía, y vale como demarcación entre Colombia y Ve­iezuela. El río Negro debe su toponímico al olor oscuro de sus aguas, que arrastran humus vegetal, como en el caso del río Atabapo.
Los ríos Parguaza, Cataniapo, Suapure, Chivi­ipa y Cuchivero nacen en las serranías de 'arguaza y Maigualida, sistema en el que colin­lan el Estado Bolívar y el Territorio Federal Imazonas. La cuenca del Parguaza-Cataniapo, 'e una extensión de 6.000 Km2, presenta rápidos saltos de cierto potencial hidroeléctrico.
La cuenca del Suapure-Chiviripa, con una Jperficie de 8.000 Km2 aproximadamente, y la el Cuchivero, de unos 16.000 Km2, exhiben un roceso inicial de deterioro en la calidad de sus luas por la explotación irracional de los recursos iinerales que allí se encuentran.
La hoya del Caura cubre cerca de 50.000 Km2 y tiene sus cabeceras en la meseta del Jaua. Es una de las líneas fluviales más importantes, por la abundancia de sus recursos naturales. Su longitud supera los 500 kilómetros.
La cuenca del río Aro abarca una extensión de 14.500 Km2, presentando el curso de este río un gran número de accidentes naturales.
El río Caroní constituye una de las cuencas principales en virtud de su formidable potencial hidráulico y minero, lo cual ha suscitado nume­rosos conflictos de aprovechamiento, eviden­ciando -hoy más que nunca- la necesidad de una legislación especial frente a esta realidad geo­gráfica. El ámbito de su cuenca llega a los 94.982 Km2 y el curso del río tiene 925 kilómetros de largo, con notables accidentes como saltos y raudales.

La hoya del río Cuyuní, tributario del océano Atlántico, comprende un área de 40.000 Km2 con un escurrimiento de 26 millones de metros cúbicos. De sus 750 kilómetros de largo, 280 kilómetros transcurren por territorio venezolano.

domingo, 16 de septiembre de 2018

VEGETACION


La morfología, los suelos, la hidrografía y el :lima contribuyen a la estructuración de una :obertura natural muy característica de la Re­gión, en la cual se destaca la presencia de una extensa selva tropical lluviosa, de sabanas abier­:as y con matas, y bosques de galería. La primera de estas formaciones vegetales se caracteriza por una variedad impresionante de especies y la existencia de árboles muy altos, cuya pugna por la luz solar favorece su extraordinario crecimien­to y, a la vez, ocasiona el escaso desarrollo del sotobosque, excepto en las orillas de los gran­des ríos, donde la masa vegetal se hace muy densa y casi impenetrable. En las áreas inunda­bles puede observarse, a veces, la famosa catin­ga amazónica, así como especies vegetales muy particulares del área.
La vegetación de las sabanas del norte, a orillas del Orinoco, está compuesta general­mente de paja (Trachypogon sp) baja y rala. Los bosques de galería y morichales son abundan­tes, configurando extensas franjas, notables por su multitud de especies; mientras la Gran Sabanay las altiplanicies tepuyanas conforman muchos y diferentes habitats, en algunos de los cuales los bosques, medianos y altos, ad­quieren gran importancia. En otras áreas, como el Roraima, predominan los afloramientos ro­cosos y las formas muy erosionadas salpicadas con manchas de bosques. También se divisan cimas con aspecto de sabanas, donde no predominan las gramíneas sino, más bien, espe­cies de las familias Ciperácea, Eriocaulácea, Ra­patácea, Bromiliácea y otras. Las plantas de las cumbres se caracterizan por su crecimiento en forma de roseta, mostrando hojas apiñadas en el extremo de tallos solitarios o poco ramificados.
En el Delta se avistan bosques de manglares, especialmente en la franja más próxima a la cos­ta oceánica. Pero en el interior prevalece el bosque húmedo, muy denso, y más adentro todavía se destacan porciones de sabana, en gran parte anegables.
Se estima que viven en la Región más de 10.000 especies, de las cuales el 75% son endé­micas, encontrándose la mayor parte de estas úl­timas en el llamado Escudo Guayanés, parti­
cularmente en sus taludes, simas y altiplanicies. A ello han contribuido millones de años de evo­lución del cuerpo vegetal, su aislamiento casi absoluto de la intervención humana, y las con­diciones ambientales específicas que lo envuel­ven: suelos ácidos, abundantes precipitaciones, altas temperaturas.
En términos generales puede señalarse que la Región tiene 32.953.258 hectáreas de exten­sión boscosa, lo que comporta el 83% de todos los bosques del país y el 72% de la superficie re­gional total. Tal formidable tapiz boscoso ha si­do objeto de protección legislativa mediante el establecimiento de Reservas Forestales y Par­ques Nacionales.
Las sabanas abarcan 6.288.925 hectáreas, esto es, el 31 % de la existencia de esta cobertura vegetal a escala nacional, de las cuales 4,7 millones de hectáreas se localizan en el Estado Bolívar, fundamentalmente en su zona norte, y en la Gran Sabana. Las sabanas del Territorio Amazonas se extienden a lo largo del río Ventua­ri y del Orinoco medio, y las del Delta Amacuro se perciben a modo de manchas en diferentes sitios.
En Guayana hay 1.062.420 hectáreas de bos­ques de galería (principalmente morichales), bási­camente al norte del Estado Bolívar, equivalen­tes al 20% de la superficie global de esta forma­ción vegetal en el país; proporción menor, empero, a la que corresponde al Estado Guárico.
El Estado Delta Amacuro concentra el 72% del total de los manglares de Venezuela: 455.298 hectáreas, que representan más del 10°/9 del te­rritorio del Estado; esta formación vegetal se ha­lla actualmente bajo protección especial, dado su interés ecológico, sobre todo en lo que atañe a la conservación de las costas.
La catinga amazónica -complejo bosque tro­pical propio de tierras muy húmedas- se localiza sólo en el Territorio Federal Amazonas y com­prende más de 2,3 millones de hectáreas.
Finalmente, la vegetación tepuyana -por completo endémica, debido al aislamiento pe­culiar de la topografía de estas cimas- cubre 2.134.430 hectáreas.
En todas estas formaciones vegetales habita una fauna en extremo diversa, y en los ríos des­critos la pesca es abundante.


sábado, 15 de septiembre de 2018

LAS ORQUIDEAS DE GUAYANA

Son innumerables y extremadamente varia­bles los caminos de la evolución de los organis­mos para adaptarse a los cambios físicos y biológicos que constantemente moldean el medio ambiente de la Tierra. No siempre, sin embargo, han sido exitosas o adecuadas las respuestas de los seres vivos a las presiones del entorno. Prueba de ello son las especies desapa­recidas de las que hallamos rastros, cuyo verda­dero número quizás nunca sabremos.
Las orquídeas constituyen un ejemplo sin par del proceso evolutivo, y Guayana escenario apropiado para ello: un ambiente que durante millones de años ha experimentado cambios sumamente lentos, dando a las especies que allí habitan tiempo para realizar su adaptación, en un desarrollo que resulta complejo y riesgoso.
En el arriesgado juego de la evolución, las orquídeas emprendieron la estrategia reproduc­tiva de perder gradualmente sus anteras produc­toras de polen y soldar sus órganos reproducto­res masculinos y femeninos en una sola estructura: la columna. Más del 99% de las especies exis­tentes hoy conservan funcionalmente una sola de las seis anteras de sus predecesoras, y el reducido 1% restante ostenta dos. De este pequeño grupo se han reportado 5 especies en Venezuela, de las cuales 4 son endémicas de Guayana, o crecen en sus regiones muy próximas (como Amazonas y Trinidad). Su primitivismo se refleja en su habitat terrestre (aproximadamente la mitad de las especies de orquídeas son epifitas, es decir, viven sobre la superficie de otras plantas, lo que se considera un ejemplo de su adaptación evolutiva), y aquélla que podemos considerar como la menos evolucionada es un frútice de 2 a 3 metros de altura (la Selenipedium steyermarkii, descrita por E. Foldats como nueva especie en 1961), endémica de nuestra Guayana donde es bastante frecuente en su habitat. La quinta especie, que es andina, no ha sido tan afortunada: últimamente es muy rara (en parte
Mientras las especies con dos anteras con­servan el polen en forma de polvo y aparente­mente en suficiente cantidad para ser dispersado por su polinizadores naturales, lo que, desde luego, conlleva cierto riesgo de pérdida, para la mayoría de las orquídeas el polen se ha conver­tido en algo demasiado precioso para arriesgarlo en semejante forma de polinización, al poseer una sola antera funcional. Para resolver esta situación, la mayor parte de las orquídeas "mo­nandras" lo han reunido en una o pocas masas duras -los llamados polinios- que pueden ser transportados sin dispersión. Esta modalidad acarrea, no obstante, algunos problemas, que las orquídeas hasta ahora han logrado superar. En primer lugar, el polen reunido en masas no debe ser apetecido por los polinizadores como ali­mento (principalmente por las abejas, principales polinizadores de las orquídeas), porque de esa forma la supervivencia de la especie sería impo­sible. Por otra parte, los polinios son demasiado pesados para adherirse por sí mismos al polini­zador, que debe ser, además, lo bastante grande para poder llevar la carga. Estas dificultades han sido resueltas ocultando o disfrazando los polinios, por una parte, y cubriendo a los polini­zadores con una sustancia pegajosa, fuerte, para adherir los polinios o, en la mayoría de los casos, dotando a los polinios mismos con un disco pegajoso. Pero éstas son sólo soluciones parcia­les: lo más importante es atraer a los polinizado­res apropiados, porque el mecanismo por sí solo no garantiza la pólinización. Y esto lo logran las orquídeas mediante un inusitado despliegue de aromas y colores, y una curiosa arquitectura que asegura que el polinizador (a veces especies de insectos muy específicos para determinadas plan­tas) cargue con los polinios de una flor a otra entrando en contacto estrecho con la flor, ya sea en busca de néctar o intentando copular con ella, a la que toma por su compañera de especie. Así, para atraer a los polinizadores surgen flores vistosas, de atractivos colores, que aparentan ofrecer alimento o exhalan un aroma embriaga­dor, o bien se disfrazan de hembras, ofreciendo "pseudosexo" a los insectos machos, o imitan a competidores, etc. Debemos admitir, no obstan­te, que muchas estrategias reproductivas no han sido descifradas todavía. No sabemos, por ejem­plo, por qué las especies de las complejas y ornamentales orquídeas del género Coryanthes viven sólo sobre hormigueros (últimamente se ha logrado su cultivo eficaz sin hormigas), porqué otras se desarrollan exclusivamente sobre palmas, etc.
Deben haber sido contados los casos en que una mutación fortuita y rápida haya resuelto eficazmente algunos de los problemas de adapta­ción más complejos; la mayoría de las veces ello debe haber sido resultado de cambios lentos y de una selección gradual. Muchas orquídeas probablemente se extinguieron por no haber desarrollado mecanismos apropiados para re­solver las dificultades surgidas en la vía de su adaptación . Pero los numerosos caminos efica­ces que tomaron dieron como resultado la familia de plantas más diversa, con el mayor número de especies existentes y todavía en evolución dinámica. Y es precisamente en Gua­yana donde encontramos un alto número de especies endémicas y una variación morfológica y fisiológica que no se presenta en otras partes (las tres especies de Cattleya -muy apreciadas por su valor ornamental-, la Flor de Nácar -Cata­setum pileatum- y tantas otras más las encontra­mos en Guayana).
Las orquídeas ofrecen especies dignas de admiración por su valor ornamental, así como también abundante y variado material para el estudio y la curiosidad científica.
Pero, si los lentos cambios de la naturaleza han producido al mismo tiempo las orquídeas más primitivas y las más evolucionadas, los cambios recientemente inducidos por el hombre amenazan lo logrado en el pasado. Muchas de las sabanas guayanesas eran antes bosques, y moradas de las orquídeas más hermosas. En muchos de los bosques que quedan hoy día en el planeta las orquídeas ornamentales ya son escasas o han desaparecido. Esta es obra de su gran admirador, el hombre, que, a veces, para­dójicamente, se convierte en su peor enemigo. Como ejemplo podemos mencionar una isla en el río Carrao, cerca de Canaima, la cual fue bautizada en los años 60 "Isla de las Orquídeas" por su abundancia de esta flor. Los despojos que ocasionaron no solamente visitantes y turistas, sino también quienes explotaron por negocio sus especímenes florales, hicieron que hoy en esta isla ya no queden prácticamente orquídeas ornamentales. Los restos de árboles cortados con motosierras son testigo de ese desenfrenado afán de apropiación. Afortunadamente, asocia­ciones como FU DENA y la Fundación del Insti­tuto Botánico de Venezuela patrocinan actual­mente la debida recuperación de la isla. En eran peligro de desaparición se encuentra tambiér la Cattleya jenmanii -digna competidora de nues tra Flor Nacional, la Cattleya mossiae-, y un cierto número de otras especies.
Lamentablemente la naturaleza no está ca­pacitada para suplir la demanda desmedida de que el hombre la hace objeto. Lo único que podemos hacer para salvar las plantas que nos quedan es aprovechar las que tenemos en nuestros invernaderos para iniciar una propaga­ción intensiva, meristemática y por semillas, que permita producir suficientes plantas, no sólo para satisfacer los requerimientos de los cultiva­dores de orquídeas, nacionales e internaciona­les, sino, lo que es más importante, para evitar la desaparición de esta planta que juega un indu­dable papel en el equilibrio de la naturaleza. Y, para disfrutar racionalmente de sus valores esté­ticos, establecer viveros de exposición, lo que, de paso, contribuiría a intensificar el turismo en Venezuela.










viernes, 14 de septiembre de 2018

LA FAUNA


Guayana ofrece una gran variedad de fauna que, en términos generales, guarda estrecha relación con la de las regiones amazónica y llanera circundantes. La estabilidad del Macizo Guayanés a lo largo de las eras geológicas ha configurado un medio ambiente propicio al desarrollo de variedades animales que, aunque emparentadas con las de áreas geográficamente cercanas, exhiben características propias que permiten catalogarlas como endémicas de la Región.
Ecológicamente, la fauna de Guayana consti­tuye un importante elemento de transformación de biomasa, contribuyendo a la integración en el ciclo alimenticio de nutrientes como el nitró­geno que, de otro modo, dada la poca capacidad de retención orgánica de los suelos, se perderían por el lavado ejercido por las corrientes superfi­ciales. Por el carácter de "nicho ecológico" que configura la geomorfología de la zona, donde el particular relieve de las áreas más altas ha pro­ducido el aislamiento de determinados habitats por intervalos de tiempo considerables, se apre­cia una gran dependencia local interespecies entre la fauna y la vegetación, principalmente en las cimas de cerros y tepuyes.
Debido en gran medida a lo inaccesible de una buena parte de la región selvática de Gua­yana, perennemente cubierta por exuberante bosque tropical lluvioso, es relativamente poco lo que se ha podido inventariar de las especies animales que allí habitan. Gracias a la labor esporádica de instituciones científicas y de in­vestigación, tanto nacionales como extranjeras, pero también por informes provenientes de los indígenas, misioneros, exploradores y otros visi­tantes, ha ido aumentando desde la segunda década de este siglo el conocimiento de la variada fauna de la Región. Así, pese a la ausencia de investigaciones sistemáticas sostenidas, los muestreos biológicos efectuados revelan la exis­tencia de una gran cantidad de mamíferos, reptiles, aves y peces, además de insectos, arácnidos y batracios.
Ello ha llevado a instaurar medidas de pro­tección para conservar, en nuestro mundo actual en que las formas de vida naturales se ven cada vez más amenazadas, esta valiosa reserva de fauna silvestre. Así, existe un decreto oficial del año 1952, no derogado, que restringe el libre
tránsito por el Territorio Federal Amazonas, al que se han sumado en fechas más recientes varias resoluciones y asignaciones de Areas Bajo Régimen de Administración Especial de diversos espacios naturales, tales como Parques Nacio­nales, Zonas Protectoras, Reservas Forestales, Reservas, Refugios y Santuarios de Fauna Silves­tre, que abarcan en total grandes superficies de la Región.
Entre los mamíferos que habitan la Región de Guayana se encuentran al menos cinco especies amenazadas de extinción en el mundo: el oso hormiguero gigante u oso palmero (Myrmeco­phaga tridactyla), el armadillo o cachicamo gi­gante (Priodontes giganteus), el perro de agua grande o nutria gigante amazónica (Pteronura brasiliensis), el tigre americano o jaguar (Panthe­ra onca), y el ocelote o cunaguaro manigordo (Felis pardalis).
Los mamíferos desdentados más importantes que se encuentran en Guayana son el oso palmero u oso hormiguero gigante (Myrmeco­phaga tridactyla), ya citado, y el osito hormiguero enano (Cyclopes didactylus), ambos amenazados por la destrucción progresiva de los bosques que les sirven de habitat. También se destacan dos especies de pereza (Bradypus sp. y Choloe­pus sp.), el cachicamo montañero (Dasypus kap­pleri), el cachicamo gigante o cuspón (Priodontes giganteus o P. maximus), igualmente citado, y otra especie de armadillo más pequeña y carente de casquete cefálico (Cabassous unicinctus).
Entre los roedores se encuentran la ardilla común (Sciurus granatensis), el puerco espín (Coendou prensilis) y el chigüire' o capibara (Hydrochaeris hydrochaeris).
Los cetáceos más importantes son las toninas o delfines de río, agrupadas en dos especies (Sotalia guianensis e Inia geoffrensis). El manatí (Trichechus manatus), único sirénido de la Re­gión, habita en la costa atlántica del delta del Orinoco, desde donde ha ido penetrando a través de este gran río hasta las proximidades de Puerto Ayacucho; actualmente se halla bajo estrictas medidas de protección.
En la Región hay un gran número de carnívo­ros entre los que destacan el perro de monte o perro grullero (Speothos venaticus), el coatí o zorro guache (Nasua nasua), el cuchi-cuchi (Po­tos flavus), del que se ha encontrado otra especie (Bassaricyon gabbii) en el Territorio Federal Ama‑
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zonas, la comadreja (Eira Barbara), el zorro o camucita o hurón (Galictis vittata), las nutrias o perros de agua (Pteronura brasiliensis y Lutra longicaudis), el jaguar, yaguar o tigre americano (Panthera onca), el cunaguaro u ocelote (Felis pardalis), el tigrito (Felis wiedii), el tigrillo (Felis tigrina) y la onza o gato montés (Felis yagoua­raoundi).
Entre los perisodáctilos sobresale la danta o tapir (Tapirus terrestris). Entre los artiodáctilos se encuentran los báquiros (Tayassu tajacu y Tayassu pecarí). En Guayana se localizan también dos especies de venados matacanes (Mazama ame­ricana y M. gouazubira).
Las aves constituyen la clase faunística de la que se han efectuado más estudios sistemáticos en la Región y la que tiene mayor número de especies (no menos de 674, más de la mitad de todas las encontradas en el país), de las que pueden mencionarse la gallineta de monte (Tinamus major), la cotúa agujita (Anhinga anhin­ga), la garza real (Casmerodius albus), la garcita blanca o chusmita (Egretta thula), el pato güirirí pico rosado (Dendrocygna autumnalis), el pato real (Cairina moschata), el águila arpía (Harpia harpija), la perdiz común (Colinus cristatus), la grulla o trompetero (Psophia crepitans), el zam­bullidor de sol (Heliornis fulica), el loro real (Amazona ochrocephala), las guacamayas (Ara chloroptera, A. macao y A. ararauna) y el perico cara sucia (Aratinga pertinax). También se hallan un gran número de tucanes, pájaros carpinteros y otros de muy variado tipo.
Entre los reptiles, en el Territorio Federal Amazonas se encuentra el denominado caimán negro (Melanosuchus niger), así como la baba (Caiman crocodilus), los caimanes enanos (Pa­leosuchus palpebrosus y P. trigonatus) y el caimán del Orinoco (Crocodylus intermedius), este úl­timo en peligro de extinción. El morrocoy (Geo­chelone denticulata) vive en las selvas y en el delta. La tortuga arrau del Orinoco (Podocnemis expansa) también se ha decretado recientemente especie en peligro de extinción.
De las serpientes de la Región sobresalen la anaconda o culebra de agua (Eunectes murinus), la tragavenado, macaurel o boa (Boa constrictor), la boa tornasol (Epicrates cenchria), la boa esme­ralda o falsa mapanare verde (Corallus caninus), la falsa coral (Erythrolamprus aesculapii), las corales (Micrurus psyches psyches y M. collaris), la mapanare (Bothrops atrox) y la cuaima piña
(Lachesis muta). En el sub-orden de las lagartijas se ha encontrado un gran número de especies, entre las que se pueden mencionar: Phyllodacty­lus dixoni, Pseudogonatodes guianensis, Coleo­dactylus meridionalis y C amazonicus. En el Te­rritorio Federal Amazonas se ha encontrado un pequeño cocodrilo (Crocodilurus lacertinus), gran nadador, que habita en las orillas de los ríos.
Entre los anuros se distingue un gran número de sapos y ranas reportados como especies autóctonas de la Región.
Las especies de peces más importantes son el morocoto (Piaractus brachypomum), la cachama (Colossoma macropomum), la palometa (My/o­ssoma duriventris), el caribe colorado (Serrasal­mus notatus), el agua dulce (Hoplerythrinus unitaeniatus), la aimara (Hoplias macrophthal­mus), la payara (Hydrolicus scomberoides), el coporo (Prochilodus mariae), la zapoara (Sema­prochilodus laticeps), el temblador (Electropho­rus electricus), la guitarrilla amarilla (Pterodoras sp.), guitarrilla trompa 'e cochino (Pseudodoras niger), el bagre lau-lau (Brachyplatystoma vai­lianti y B. filamentosum), el bagre blanco (Piri­nampus pirinampu), los bagres rayados (Pseu­doplatystoma fasciatum y P. tigrinum), la curvi­nata del Orinoco (Plagioscion squamosissimus), la cupaneca o pavona (Astronotus ocellatus) y los pavones (Cichla spp.). Asimismo se han detectado una gran variedad de peces orna­mentales.

Los invertebrados poseen una gama también muy amplia, no obstante poco estudiada; sin embargo, la presencia de un gran número de especies insectívoras permite deducir su abun­dancia.